Cita en la casa de las palabras de los médicos

Desde que en 2011 la Real Academia Nacional de Medicina puso en circulación su fastuoso diccionario de términos médicos, esa docta institución se ha convertido, para mí, en la casa de las palabras de los médicos (aunque «formar un diccionario tecnológico de las ciencias médicas» sea solo uno de los objetivos de la Real Academia de Medicina de Madrid, según el artículo 1 del título 1 de su reglamento).










Por eso acepté encantado la invitación de la Unidad de Terminología Médica de la RANM y de la Fundación Lilly (a quienes agradezco efusivamente que lo hicieran) para asistir al III Foro de Debate «El lenguaje médico en español: presente y futuro», que tuvo lugar el pasado 26 de marzo y cuyo programa puede consultarse aquí.

Para escribir una reseña sobre un acto como este me parece muy útil prescindir de los «excelentísimos», de muchas mayúsculas y de otras numerosas fórmulas de protocolo que allí se utilizaron, y que se recogen con todo detalle en el programa del acto. Apelo a la benevolencia del lector y a que entienda que tomo esta medida tanto por él como por mí mismo.

Lo que sigue es, obviamente, mi reseña («narración sucinta», dice el DRAE) de cuanto allí pasó. Yo no soy periodista ni quiero informar objetivamente de nada: solo estoy capacitado para dar mi opinión, cuyo sesgo puede deducirse, por ejemplo, de que era el único asistente con vaqueros (y casi el único varón sin corbata, de lo cual me arrepiento, por cierto) y de que éramos muy pocos los presentes de menos de 55 años de edad (y yo, por los pelos). La verdad objetiva está colgada íntegra en vídeo en la página de la RANM. Los errores en las menciones, en su caso, son del todo obra mía.

Ninguna de las personas que citaré a continuación utilizó ningún medio gráfico para su ponencia, salvo la muy honrosa excepción del director de la Fundación Lilly, José Antonio Sacristán, a quien personalmente le agradezco muchísimo el detalle. Creo que a todos nos hubieran beneficiado unas poquitas diapositivas, cuando menos.

A las cinco en punto de la tarde el presidente de la Academia presentó el acto y dio la palabra a los integrantes de la mesa presidencial. Todos trataron de ser breves y protocolarios, acordes con las circunstancias, menos el consejero de sanidad de la Comunidad de Madrid, que no pudo dejar de cantar las alabanzas de la labor política de su partido en el gobierno de dicha comunidad. También mencionó (creo que fue el primero en hacerlo; luego se habló mucho de ello) el futuro diccionario panhispánico de términos médicos que, según dijo, le presentará a la ministra de sanidad el próximo día 1 de abril. En su opinión, solo tiene sentido que sea España quien lleve a cabo tal obra («no lo van a hacer en México, claro», vino a decir, casi textualmente).

Tendría que haber intervenido a continuación el vicepresidente de la Academia, José Antonio Pascual, pero no pudo acudir y leyó su ponencia, en su lugar, Salvador Gutiérrez Ordóñez (quien acudió en representación de la RAE) y quien, siendo un buen orador, se las vio y se las deseó para pronunciar las endiabladas series de ejemplos de términos curiosos que había recopilado el autor del documento. Habló del nacimiento y la evolución de la terminología médica en español, y de cómo el número de términos se disparó en los siglos XVIII y XIX. Para ilustrar la evolución del término «fobia» el autor del escrito escogió algunos ejemplos llamativos: catalonofobia, catalanófobo, vascofobia, vascófobo, hispanofobia, hispanófobo, entre otros. Ya digo, un verdadero trabalenguas para el lector. También vino a decir que 1) el DRAE es normativo y que, lo que no está en él, está mal dicho o no existe, y que 2) la RAE tiene el criterio de abordar los tecnicismos solo tangencialmente.

El segundo de la tarde lo lidió Luis Prados Covarrubias, del Instituto Cervantes. Como prácticamente todos los ponentes (llegué a pensar si les habían obligado a ello) empezó citando las cifras del español en el mundo y la muy modesta aportación científica en español. Lamentó la falta de profesores de nuestro idioma, y que no se cubra la elevada demanda de ellos de la que es objeto el Instituto Cervantes. Convino, como harían otros después, en que el español que se hablará en el mundo dentro de muy poco será el de los Estados Unidos. Señaló que, siendo el español el tercer idioma más utilizado en Internet, el número de páginas web en nuestro idioma no está ni mucho menos a la altura, por detrás en la actualidad de idiomas con tan pocos visos de expansión como el francés y el alemán. Hizo más referencias a la modesta presencia del español en el mundo científico, con las demoledoras cifras del JCR, y constató el hecho de que el imparable ascenso de nuestro idioma en los Estados Unidos no afecta apenas al ámbito académico (aunque quizá el embrión sea el ya existente observatorio de la lengua española y de las culturas hispánicas en los Estados Unidos de la Universidad de Harvard). 

Antes del café quedaban dos intervenciones pendientes: por un lado, de nuevo Salvador Gutiérrez Ordóñez (quien se autodenominó «La voz»), y quien habló de la unidad idiomática dentro de la diversidad lingüística, en representación de la RAE y sustituyendo a Humberto López Morales, que no pudo asistir. Para ello tiró de historia, claro, y dejó un par de perlas (amén de anécdotas y un poema) como «la lengua puede aportar valor a las transacciones económicas» y que uno de los mandados de la RAE es «velar porque los cambios de la lengua no alteren su esencia».


La última intervención de esta primera parte de la tarde fue la de José Antonio Sacristán del Castillo, director de la Fundación Lilly, que además de insistir en las cifras del español y del contrapunto del JCR, hizo un breve repaso de todas las actividades Medes, con página recientemente modernizada (versión 3.0).

Durante el café tuve el honor de saludar a lo más granado de la traducción médica, que contaba con varios representantes de postín.  

El acto se reanudó con tres bajas en las mesa presidencial (de un total de cinco); quedaban otras dos ponencias y el debate.

La primera corrió a cargo de José Ángel López Jorrín, Director de la Oficina del Alto Comisionado del Gobierno para la Marca España, quien 1) nos pidió benevolencia por no ser él mismo ni médico, ni lingüista ni economista; y 2) nos contó que encuentra tranquilizador el momento de la marca en el extranjero. Vino a decir que a la marca no le va mal, solo que no se la conoce bien. También confesó que la oficina que dirige tiene más palabras en su nombre (10) que empleados en plantilla (ocho: cuatro funcionarios y cuatro auxiliares). Más adelante el profesor Poch bromearía con el hecho de que la susodicha oficina hubiera enviado prácticamente al 20 % de sus representantes.

El profesor Poch se reservó para el final y a fe que sabía lo que hacía, pues fue su ponencia, en mi opinión, la más brillante de todas. Entre otras muchas cosas dijo que 1) «estudiar medicina es aprender un idioma»;  2) «un diccionario médico solo tiene sentido como precedente del siguiente», el panhispánino (en el caso del diccionario de la RANM), cuyo  protocolo fundacional es de septiembre de 2012 y del que se prevé que albergue 80 000 términos; y 3) «el diccionario de términos médicos de la RANM es, sobre todo, un libro de medicina».

El profesor Poch terminó su intervención citando a las brillantísimas responsables de la unidad de terminología médica del RANM, Carmen Remacha y Cristina González, elogiando la labor del Instituto Cervantes y de la Academia de Ingeniería, cuyo diccionario se había presentado el día anterior, y leyendo una declaración de la RANM sobre el lenguaje médico en español.

A continuación debería haber habido un debate, pero lo que en realidad ocurrió fue que cinco académicos hicieron uso de la palabra para expresar algunas opiniones (no conozco a las personas que hablaron, así que si alguien quiere identificarlos que los busque al final del vídeo), entre otras:

«Me alegro mucho de que apenas se hayan pronunciado los términos “castellano” y “Latinoamérica”, porque lo correcto es “español” e “Hispanoamérica”», a lo que nadie respondió.

«Me preocupa la situación del español en Filipinas y en la República Árabe Saharaui», a lo que respondió el representante del Instituto Cervantes con las respectivas cifras.

Hablando de la relación con el español de América, otro orador dijo que «España es una viejísima canción». No oí muy bien las palabras textuales, pero como mencionó a Max Aub pensé que se refería a su texto «Una canción», en el que dice «La canción, la vieja canción, que viene del otro lado del muerto». 


Todo terminó hacia las 20:15. Ignoro si hubo más interacciones entre los asistentes, porque mi tren de vuelta partía poco después y apenas pude despedirme de los ilustres participantes. Pero fue, en conjunto, una experiencia muy recomendable.

La reseña oficial de la Academia (con todas las mayúsculas de rigor y alguna suculenta errata: %) puede leerse aquí.

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