La tecla mágica

Paseé por la redacción casi vacía.  Evoqué, cómo no, los tiempos del repiqueteo de las máquinas de escribir y el humo del tabaco.  Al menos en ese sentido, el mundo había mejorado mucho.

En la pantalla apagada de Sebastián, uno de los redactores, habia un postit muy llamativo.  Me acerqué a leerlo.  Aparentemente ponía “dentista”, y unos números ilegibles.  Entonces la vi.  En el extremo superior derecho del teclado había una tecla que nunca había visto, más grande que las demás y de color rojo oscuro.  Ponía “random”.  Era un teclado español, con sus eñes y sus acentos, su diéresis y su cedilla.  Pero aquella tecla no estaba en español.

Preso de la curiosidad, encendí el ordenador.  Sebastián me había facilitado su clave el día anterior, para que pudiera acceder a archivos sobre nuestro reportaje que él tenía en determinada carpeta.  “No te preocupes, en esta empresa no puedes tener nada en el ordenador que no sea de trabajo, y lo que no puedes leer tiene otra clave”, me había advertido.

Fondo de pantalla con familia.  Apreté la tecla random y no ocurrió nada.  Abrí el navegador e importé un archivo mío.  Se abrió con Word. 

Apreté la tecla random.

“Seleccione el texto que desea adornar”, me dijo la pantalla.

En español.  Adornar.

Seleccioné dos párrafos, 120 palabras. Hice clic en “siguiente”.

“¿Qué desea añadir a su texto?” Me preguntó la pantalla.  Y me dio estas opciones.

– Acentos (sólo en vocales)

– Comas

– Algún término concreto

– Otros (ver).

Muy sorprendido, hice clic en “comas”.

“Este texto ya tiene comas”, me dijo la pantalla.  “¿Desea conservarlas o sustituirlas?”.

Hice clic en “sustituir”.

“¿Cuántas comas desea?”, indagó ahora la pantalla.  De nuevo, dos posibilidades:

– “Indique la cifra”

– “Indique el porcentaje”.

Hice clic en la segunda.

– “¿Qué porcentaje de comas desea en su texto?”

Escribí “20” delante del “%”.

Hice clic en “aceptar”. La máquina dijo:

“Su texto se ha adornado con 24 comas”.

“¿Desea incorporar algún otro adorno?”

Estudié el texto adornado por la máquina.  Las comas que había en mi texto habían desaparecido, y el ordenador había repartido aleatoriamente 24 comas.  Pero reconocí el patrón que el ordenador había utilizado para distribuirlas.  Era el mismo que encontraba casi todos los días en los textos de los redactores noveles y en muchos de los que no eran nuevos.  Las comas estaban distribuidas al azar, obviando cualquier norma gramatical.

Repetí la operación con los acentos.  La primer frase del texto quedó así: “Los revisores, son pérsonas como todos lós demas.”

Maldita tecla.

2 comentarios
  1. Manuela
    Manuela Dice:

    ¡Una tecla que te da la opción de «adornar» un texto con comas o tildes!
    Esto sí que no lo había oído nunca.
    Vaya hallazgo, solo espero que no la tengan muchos teclados, visto el resultado…

    Saludos desde el campo.

    Responder

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