Como si me retuiteara dios

Previendo lo que había de pasarle a mi memoria (¡está pasando!), hace años que adopté la costumbre de anotar a mano en cada libro que leo el mes y el año en que termino de hacerlo. En concreto, el libro de la izquierda («El mito del maestro») terminé de leerlo en febrero de 1999, y el de la derecha («Why Mahler?»), en diciembre de 2011.



Es decir, que soy rendido admirador de Norman Lebrecht (@NLebrecht), el autor de ambos libros, desde hace más de 15 años.

«El mito del maestro» me causó una impresión difícil de describir. Mi afición a la música ya era un volcán en 1999, y este texto sobre la profesión del director de orquesta me llegó muy dentro, por su forma y por su fondo. Sigo recomendándolo como el primer día.

Me las vi y me las deseé para enterarme de quién era ese tal Lebrecht. Afortunadamente hablaban del él (y escribía) en una revista maravillosa, Scherzo, que yo compraba y guardaba como un tesoro (de hecho era algo cara para mis posibilidades, si no recuerdo mal). Y lo incluí en mi Valhalla.

El caso es que ahora, en abril de 2014, tengo a Lebrecht entre mis seguidores de Twitter. Hoy mismo ha retuiteado mi traducción de un tuit suyo sobre el fallecimiento de Mitch Leigh, el autor de la canción «Sueño Imposible».

Como cuentan en El canto del nibelungo, no es buena idea que los dioses se mezclen con nosotros, los humanos. Pero cuando me retuitean Lebrecht, Dawkins («The Selfish Gene») o Alex Ross («The Rest is Noise», el mejor ensayo sobre la música del siglo XX que conozco), es como si me retuiteara dios.

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