Reseña de mi intervención en #ATA53

El día 24 de octubre de 2012, a las 14:00 horas (200p, según la grafía que se va extendiendo por los aeropuertos de los Estados Unidos), intervine en la quincuagésima tercera conferencia anual de la ATA, en la que impartí en inglés un seminario de tres horas de duración titulado Translating Clinical Trial Protocols (English>Spanish). Por las características del acontecimiento, por las personalidades allí reunidas y por lo excepcional de la ciudad de San Diego, en la que pasó todo, la mayor parte del tiempo tuve la impresión de estar dando
un paseo entre gigantes.[1]
Esta es mi reseña de aquellos días y de cómo llegué hasta ahí (hay muchas otras reseñas, referidas a ponencias concretas, en http://twubs.com/ata53). 
La ATA es la American Translators Association, sin duda la asociación de traductores más importante del mundo. Todos los años celebra una conferencia a la que acuden muchos centenares de traductores de todo el orbe (en torno a 2.500 en 2012; no es obligatorio ser socio para asistir, ni como oyente ni como ponente). Es una ocasión única para aprender, intercambiar experiencias y conocer a gente estupenda. Y para darse un viajecito, todo hay que decirlo.
Si entras en la página de la ATA o les sigues por tuiter (@atanet), en los primeros meses de 2013 (en 2012 fue el 12 de marzo) tendrás noticia de una convocatoria (call for papers) como esta:
Call for ATA Annual Conference Presentation Proposals
____________________________________________________________

The American Translators Association is now accepting presentation
proposals for ATA’s 53rd Annual Conference in San Diego, California
(October 24-27, 2012).

Speaking at an ATA Annual Conference is not only a challenge but also
a business opportunity. Presenters put their skills and experience in front
of more than 1,800 translators, interpreters, project managers, company
owners, and government agencies. There is no better way to expand a
referral network and build a reputation in the industry.


(La 54 conferencia se celebrará en San Antonio, Texas, en noviembre de 2013).
Si todo se repite de forma parecida, a continuación encontrarás el acceso para cumplimentar un cuestionario breve (realmente breve, you know what I mean): unos pocos datos, un resumen de tu CV y otro de tu ponencia. También deberás indicar si deseas intervenir en un preconference seminar (3 horas, temas prácticos relacionados con la traducción, 500 dólares en concepto de honorarios) o en una session (menor duración, cualquier tema relacionado con la traducción, sin honorarios). Si deseas participar como oyente, cosa que, en mi opinión, todo traductor debería hacer alguna vez en su vida, solo tienes que mantenerte al tanto de las fechas y los plazos para registrarte. Y pegarte y pagarte el viaje, claro.
Para 2011 yo había propuesto disertar allí sobre el tema de mi especialidad, la traducción de protocolos de ensayos clínicos, pero hablando en español. No me aceptaron. Para 2012 propuse lo mismo, pero esta vez en inglés. La respuesta llegó el 31 de mayo de 2012 en un mensaje que, para qué voy a negarlo, estaba deseando:
Dear Colleague:
I am very pleased to inform you that your proposal has been accepted for a presentation at the American Translators Association’s 53rd Annual Conference, October 24-27, 2012 in San Diego, California.

Lo mejor fue que habían aceptado mi ponencia como preconference seminar. Es decir, era uno de los catorce elegidos que impartiríamos talleres de 3 horas de duración el día 24. Siempre está bien que te inviten como orador, pero debe quedar bien claro que participar como tal en la conferencia de la ATA es un grandísimo honor y un enorme reto, ya sea entre los más de 200 ponentes de las sessions o entre los catorce antedichos (entre estos últimos yo era el único traductor médico español). Pero no me digas que estar en esta lista no es lo que entendemos todos por un paseo entre gigantes.
Poco después me enviaron el programa provisional, por correo del de antes. Aquí os muestro el programa definitivo, junto con el CD con los proceedings and handouts que entregaban al registrarse, ya en San Diego.
Apenas hubo más intercambios de correos con la organización. Naturalmente, ver tu nombre en la página y esta descripción de mi ponencia (que no redacté yo) te deja bastante tranquilo:
Highly specialized medical translators need counseling on guidelines, terminology, and legislation, as well as tricks and an overall perspective of the scope of each document. The speaker will provide a detailed breakdown of protocols and discuss a state-of-the-art approach regarding Spanish medical translation on both sides of the ocean. The seminar will include multiple references to literature, classical music, and global culture. It will begin with a reflection on poetics.

Me escamaba un poco, de todas formas, que aparte de la correspondencia que mantuve con los organizadores, toda en inglés, nadie puso a prueba mi fluidez en el idioma de Yeats. Aunque he vivido, comido y amado en inglés como en español desde los 14 años, esta era la primera vez que me dirigía a una audiencia en este idioma (¡menuda audiencia para un debut!). Para no arriesgarme a descubrir que no les gustaba cuando estuviera tan lejos de mi casa, de mi pareja y de mi gato, hice ver mi extrañeza a la organización, que de nuevo estuvo muy a la altura de las circunstancias:
We select very few of these [preconference seminar speakers] and it’s rare for us to select a speaker in which we don’t have previous session evaluations to go by, but your abstract and bio were very impressive.
Con estos mimbres, y confiando en la mítica seriedad de los estadounidenses para estas cosas (y para tantas otras), hice el cesto y llegué a San Diego en la madrugada del 22 a 23 de octubre pasados, después de más de 24 horas de viaje y de una semanita previa que, de divulgarse los detalles, estaríamos de acuerdo en calificar de agitada. Pero llegué. Era casi la 1 de la madrugada del 23 y el único taxi que había en el aeropuerto me llevó a un motel de paso que había reservado para la primera noche. Con todas las películas que hemos visto, no parece una idea excelente aparecer en mis circunstancias en un sitio de estas características. Pero todo fue bien. Wifi gratuito y 85 dólares la noche, con desayuno. 
Al día siguiente, 23 de octubre, me trasladé a la que sería mi residencia durante mi estancia en California. A través de la página web de la conferencia me había puesto de acuerdo con un traductor neoyorquino (el presidente electo del Círculo de Traductores de Nueva York) para compartir habitación en un hotelsituado muy cerca del maravilloso y un poco caro Hilton, en el que se celebraban las sesiones.  Además muchos días antes de la conferencia la ATA había puesto en servicio su propia aplicación para móviles, que resultó utilísima, por ejemplo, para organizar visitas conjuntas a Tijuana, otro planazo que me perdí por mor de las circunstancias. Dediqué el día 23 a pasear un poco por la ciudad, que es preciosa y que gozó esos días de un clima espectacular. 

El día 24 me acerqué por la mañana al Hilton (en la foto anterior, el edificio de la derecha; y aquí al lado, un poco más cerca), me registré en la conferencia, y me dieron la documentación, la bolsa conmemorativa, las gafas de sol de Wordfast y el correspondiente escapulario.
 
Busqué la sala 410, en la que me tocaba hablar a las 14:00, 

y me fui a tumbarme en el césped a la orilla del Pacífico en la espectacular bahía de San Diego.
Un rato antes de mi intervención yo ya estaba en la sala del Hilton. Vino un técnico que me ayudó a conectar mi ordenador. La ATA me había informado desde el principio de que la organización no facilitaba ordenadores ni conexión a internet. Pero todo fue sencillísimo y estuvo perfectamente organizado. Sobre mi mesa había una serie de instrucciones logísticas muy útiles («recuerde advertir a los asistentes de que apaguen los móviles», «repita al micrófono las preguntas de los asistentes, pues de no hacerlo no se oirán en la grabación», etc.), caramelos y el agua de rigor. He aquí el chiringuito desde el que diserté.

Las vistas desde la sala que se me asignó (a la izquierda) eran espectaculares. Es difícil concentrarse cuando no dejas de ver esto durante tres horas. Sobre el césped puede apreciarse la preparación de la idílica cena que la ATA nos dio esa noche junto a la bahía. 
Como de costumbre, ni un varón entre las asistentes, que eran de países muy diferentes y aguantaron las 3 horas aparentando, incluso, pasarlo bien. O eso me dijeron después. Es muy difícil describir (pero muy fácil imaginar) las sensaciones que le pasan a uno por las vísceras más populares cuando le toca una ocasión así. Me abstendré de hacerlo aquí.  
Una curiosidad: cuando llevaba más de una hora hablando, una mujer (que parecía pertenecer al personal del hotel) entró desde el fondo de la sala sin hacer ningún ruido, se acercó hasta la mesa contigua al atril de la imagen de arriba, me sonrió y me dejó un papel sobre la mesa sin mediar palabra. Al final resultó ser el cheque con mis honorarios. Obsérvese, pues, que ni para este acto tan «íntimo», digámoslo así, tuve contacto alguno con nadie de la organización de la conferencia, ni falta que hizo (todo fue sobre ruedas todo el tiempo). Esto contrasta mucho con otros eventos en los que he estado o que he seguido por las redes que parecen reuniones entre los organizadores y sus amigos.
Terminado el seminario, tomé mi primera copa de vino en muchos días y me reuní con un montón de gente en la recepción de la ATA al  aire libre, que fue una auténtica delicia. Magnífica comida y hasta dos bebidas alcohólicas gratis (que podías canjear por dos cupones rojos que te entregaban junto con la documentación al registrarte). Luego me pasé por la reunión de la división médica de la ATA y departí con otros traductores e intérpretes médicos, sobre todo con su presidente, Tony Guerra, quien me animó a asistir a la cena de dicha división, que tendría lugar dos días después.
Creo que coincidí en la cola del arroz basmati con Corinne McKay, en la del vino (TAN poblada) con Dagmar Jenner, y en la de la tarta de queso con Marcela Jenney-Reyes, administradora de la división de español de la ATA. (Ellas, claro, no me vieron a mí). No son estos tres encuentros, naturalmente, los únicos que justifican el título de esta reseña, sino la apabullante lista completa de oradores. Lamentablemente, a medida que transcurrió la cena fui perdiendo la capacidad de reconocer a las grandes figuras internacionales de la traducción y la lingüística que estaban ¡cenando conmigo! (yo lo achaco a la presbicia y a que se fue haciendo de noche, pero hay otras opiniones al respecto).
Las demás jornadas las dediqué a hacer turismo. Aunque había varias charlas que me interesaban (por ejemplo, la de Aurora Humarán , la de Rubén de la Fuente y otras cuatro o cinco relacionadas con la traducción médica, como «So You Are Not a Doctor: Taking the Plunge into Medical Translation without an MD» de Erin M. Lyons), registrarse a esas alturas y sin ser miembro de la ATA costaba más de 700 dólares, así que lo dejé para otra ocasión (tampoco hay que agobiarse).
Pasé el jueves 25 de octubre en Mission Beach, una playa de ensueño que te quita el desfase horario y cualquier otro mal del cuerpo y del alma.
A las 19:00 asistí a mi primera sesión de networking: unos 250 traductores de todo el mundo sentados en mesas muy largas que, cuando sonaba un silbato cada 2 minutos, cambiaban de interlocutor (por medio de un sistema rotatorio que nos habían explicado antes) para conocerse e intercambiar tarjetas de visita. Francamente divertido y estresante, y cuya utilidad está por ver.
No puedo pasar por alto que uno de los señores que se sentó frente a mí, que conversó conmigo de igual a igual, y que se mostró muy interesado por mi estancia en San Diego y mi satisfacción con la organización del evento, fue el dueño de esta tarjeta de visita:
Después, cena con la gente de la IAPTI en la magnífica terraza del Jsix. Colegas interesantísimos de muchos países, unidos por nuestra profesión. Más tarjetas de visita. Los más audaces terminamos en un garito tomando tequila y otros espirituosos, a las órdenes (literalmente) de una camarera francamente extraordinaria.

A la mañana siguiente, más turismo por la preciosa ciudad de San Diego:

Por la noche, cena en el café Sevillaen la 5ª avenida de San Diego, con la división médica de la ATA. Paella, tortilla española y croquetas. De nuevo, muchos colegas interesantes de muchos países. Muchos contactos, muchos planes. Todo el tiempo paseando entre gigantes. Las calles hasta arriba, porque aquella misma noche empezaban las celebraciones de Halloween.
Después de la cena el punto de encuentro era la fiesta de Wordfast, de cuyas ediciones anteriores todo el mundo hablaba maravillas. Pero duró ¡una hora!, estaba en la otra punta de la bahía y cuando quisimos llegar ya había terminado. ¡Otro año será! Pero, ¿qué se puede esperar de un país en el que las fiestas duran una hora? Dejo esta pregunta en el aire.
Y poco más. Veintitantas horas de aviones para regresar a Valladolid. Creo que mi vuelo fue uno de los últimos que salieron de Filadelfia hacia Europa antes de que se suspendiera todo por el huracán Sally. Por los pelos no tuve que quedarme en la ciudad de la película de Cukor.
Este acontecimiento es una experiencia única, incluso si al final la logística te da la espalda como hizo conmigo. La gente que sí acudió a alguna de las más de 200 sessionsestaba encantada con el nivelazo. Las cenas, copas y encuentros ponían ese punto de confraternización que tanto nos gusta a los autónomos, que no tenemos tantas ocasiones de juntarnos con colegas. Y menos aun, con colegas gigantes.
Los resultados prácticos (frutos de mi asistencia):

1)      Si todo sigue adelante, en enero o febrero impartiré un webinario en inglés sobre mi especialidad con una de las asociaciones de traductores más importantes del mundo, para la cual ya han impartido seminarios algunos de los gigantes que he citado. Más datos, próximamente en tuiter en @pabletepucela.
2)      Las negociaciones para colaborar con dos empresas con las que contacté en San Diego, una estadounidense y otra canadiense, están muy avanzadas, y yo creo que pronto recibiré encargos importantes de ellas.
3)      Entregué copias de mi libro a algunos asistentes conspicuos, y otros me las han pedido luego por diversas vías. Hay que recordar que la Fundación Dr. Antonio Esteve envía copias de forma gratuita a cualquier lugar del mundo.
4)      Otra empresa de Denver, Colorado, se mostró muy interesada en mi trabajo («I want you in my team», me dijo su representante después de asistir a mi seminario), pero todavía no hemos concretado nada.
5)      No hay duda de que ahora mi nombre y mi trabajo suenan en ámbitos a los que nunca habrían llegado de no haberme animado a dar el saltito. Tengo que recordar que aunque muchos estadounidenses sepan ya distinguir nuestro país de otros con los que compartimos idioma, nadie conoce a ningún traductor español, aparte de Fernando Navarro y Xosé Castro (algunos conocen ahora a un tercero, ejem). Nadie conoce ninguna asociación española de traductores. No vi representación de ninguna agencia, fundación ni organización de traductores españoles. Pero si alguna estaba allí y no la he citado le pido mil perdones; he contado lo que vi.
6)      Se hacen contactos, se conocen posibles nuevos clientes y, sobre todo, se distancia uno de las pequeñeces del día a día del traductor médico en España. Puedes comparar tu situación, tus pretensiones y hasta tus tarifas con colegas de todo el mundo y, como siempre que uno sale de su casa, puedes darte cuenta no ya de que hay vida fuera de nuestra cotidianeidad, sino que de hecho la vida está ahí fuera.
Esto es todo. Nos vemos en la siguiente. Yo, al menos, haré cuanto pueda por asistir a la quincuagésima cuarta edición en noviembre de 2013 si antes, como yo espero, comprobamos que los mayas estaban equivocados.


[1]Esta entrada de mi bitácora me parece una oportunidad excelente para dar las gracias públicamente al grupo traductor Okodia, que siempre se porta muy bien pero que, con motivo de este viaje, tuvo un generoso detalle para conmigo.
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