Traducción para pacientes: la revisión que no estábamos haciendo

Cuando hablo a mis alumnos sobre la traducción de documentos para pacientes (en especial, cuando se trata de consentimientos informados) insisto en que deben redactar como si lo fuera a leer su abuela. No su madre; su abuela.

Los pacientes no entienden nuestras traducciones. Escribo esta entrada para llamar la atención sobre este hecho gravísimo, y pongo tres ejemplos reales.

Cuando traduzcas para pacientes, piensa en tu abuela o en alguien muy mayor y a quien le cueste entender las cosas. Solo así tu trabajo servirá para algo. Y haz una última revisión (la que no estábamos haciendo) poniéndote en su piel.

CASO 1

Mis vecinos Luisa y Alberto (nombres ficticios) tienen más de 40 años; ella es profesora de física en un instituto de formación profesional, y él es ingeniero técnico reconvertido en maestro.

Hace unos días me llamaron muy alarmados y me pidieron vernos cuanto antes. Yo estaba de viaje, así que les llamé en cuanto pude.

Al padre de ella, campesino de 75 años de edad y alcohólico, le habían detectado un cáncer de hígado irresecable.

Le habían recetado sorafenib, pero además le ofrecían la posibilidad de participar en un ensayo clínico sin ocultación, en el que a una parte de los pacientes se les administrarían microesferas con itrio radiactivo en la arteria hepática, en una o dos ocasiones antes de empezar con el otro tratamiento (sorafenib).

Mis vecinos quienes, como he señalado, cuentan con una formación superior a la de la media, tenían la «hoja de información y consentimiento informado» en sus manos, y NO ENTENDÍAN UNA PALABRA. Para más inri, era una «buena» traducción, que superaría sin problemas cualquier revisión y evaluación de la calidad (QA). Para la vieja escuela de la traducción médica, la que se dedica a publicar por entregas plomazos teóricos sobre el estilo de los protocolos, no habría nada que objetar.

Les expliqué qué es un ensayo abierto, qué significa «fase III», qué quiere decir «no resecable» y qué es el cáncer de hígado en un alcohólico.

Obsérvese que mis vecinos recurrieron a mí como médico, no como traductor. Nunca me habría enterado de este problema de no haber estudiado medicina. Sirva esto como elemento a tener en cuenta en el interminable debate sobre el traductor médico y el médico traductor.

CASO 2

Mi mejor cliente me propuso un proyecto fascinante. Había que traducir un cuestionario sobre calidad de vida (no diré el nombre, pero es muy conocido y muy utilizado). Poco más de 2000 palabras, pero con el siguiente plan de trabajo:

  1. En primer lugar, debía subcontratar a otro traductor de mi confianza para que hiciera la misma traducción.
  2. Después debíamos reunirnos con nuestras traducciones y acordar («reconciliar», dicen ellos) un texto definitivo.
  3. Envié el texto reconciliado al cliente, quien lo sometió a revisión, control de calidad y retrotraducción. Cada uno de estos pasos supuso decenas de mensajes de ida y vuelta, con la agravante de que el cliente está en otro huso horario muy lejano y empezaba a dar señales de vida hacia las 15:00 hora de España.
  4. Cuando todos aprobamos el texto, mi trabajo pasó a consistir en buscar a 5 adultos de edades, estados de salud y formaciones académicas diversas para hacerles la entrevista que habíamos traducido. Así lo hice.
  5. En términos generales, y para no alargarme, estas 5 personas no entendieron bien esta entrevista. Los dos traductores, la revisora, el de QA y no sé si alguien más habíamos debatido, por ejemplo, sobre la idoneidad de traducir a flight of stairs por «un tramo de escaleras». Finalmente quedó como «subir un piso (o varios) por la escalera», y ningún entrevistado tuvo ningún problema para entenderlo. Pero las frases no les resultaban familiares, el ritmo de las preguntas no era adecuado, había muchas cosas mal que solo podían haberse detectado así.
  6. Ahora el cliente tiene mis informes sobre las entrevistas (difíciles de cumplimentar, por cierto) y están en manos de un developer; cuando tengamos la aprobación creo que el documento se presentará a la FDA, y que sea lo que dios quiera.

CASO 3

Me hicieron una tomografía. Delante de mí, una señora estuvo 15 minutos leyendo el consentimiento. Era evidente que no tenía estudios. Al final firmó. En el consentimiento, entre otras cosas, se exigía que el paciente ayunara en las 6 horas previas a la prueba.

Cuando la señora entró a hacerse la prueba, lo primero que le preguntaron (como a mí) fue por el ayuno. Ella dijo que había comido poca cosa, porque en ningún sitio había leído nada al respecto. El enfermero se lo explicó y la señora tuvo que volver al cabo de unas horas.

 

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