La hoguera de mi sordera

Desocupado lector: sin juramento me podrás creer cuando digo que me estoy quedando sordo.  No es broma. No es una metáfora.  Me estoy quedando sordo. ¿Se te ha ocurrido un comentario para quitarle importancia a lo que me pasa? A algunas personas se les ocurre un comentario para quitarle importancia a lo que me pasa cuando les digo que me estoy quedando sordo. Contestan: «Total, para lo que hay que oír» o, si van de cultos, me recuerdan las palabras de Borges: «(Para la tarea del arte) la ceguera no es del todo una desdicha».  Pues no, no le quitan ninguna importancia.

Dice Oliver Sacks (Musicophilia) que, probablemente, en algún recoveco de mi cerebro seguiré conservando la música que amo.  Por si acaso, voy a hacerle sitio despojándome de un montón de zarandajas que no necesitaré para nada en mi iPod cerebral.

La selección no ha sido fácil: con la ayuda de Cervantes, he organizado una hoguera virtual (la hoguera de mi sordera, no me negarás que el título se las trae). La sobrina, el ama, el cura y el barbero quemaron los libros de Don Quijote que, en su opinión, pudieron alterarle la razón.  Andan ahora quemando música, y entre todos salvaremos a las obras que perdurarán en mi memoria cuando esté más sordo que una tapia[1].

Recuérdese que las dos mujeres pretendían quemar todos los libros sin compasión, «mas el cura no vino en ello sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue…» Aquí tomo yo la pluma.

Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue El canon de Pachelbel, y dijo el cura:

— Parece cosa de misterio ésta; porque, según he oído decir, esta obra ha gozado siempre del aprecio del vulgo y suena sin cesar en todos los mercadillos, puestos callejeros, anuncios de colonias y reportajes de medio pelo; y así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin escusa alguna condenar al fuego.

No, señor —dijo el barbero, que también he oído decir que es el mejor de cuantos cánones se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar.

De ninguna manera dijo el cura, y por las razones antedichas se le condena a la pira. Veamos esotro que está junto a él.

Es dijo el barbero, el Adagio, hijo legítimo de Tomaso Albinoni.

Pues, en verdad dijo el cura que no le ha de valer al hijo la bondad del padre. Tomad, señora ama, abrid esa ventana y echadle al corral, y dé principio al montón de la hoguera que se ha de hacer.

Hízolo así el ama con mucho contento, y el bueno de Albinoni fue volando al corral, esperando con toda paciencia el fuego que le amenazaba.

Adelante, dijo el cura.

Éste que viene dijo el barbero es el Ave María de Schubert; y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mesmo linaje.

Pues vayan todos al corral dijo el cura, que a trueco de quemar obras tan cansinas y repetidas, y a las endiabladas y revueltas razones de sus autores, quemaré con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante.

De ese parecer soy yo dijo el barbero.

Y aun yo añadió la sobrina.

Pues así es dijo el ama, vengan, y al corral con ellos.

Diéronselos, que eran muchos, y ella ahorró la escalera, y dio con ellos por la ventana abajo.

-¿Quién es ese tonel? -dijo el cura.

Éste es respondió el barbero El brindis de La Traviata.

El autor de esa ópera dijo el cura fue el mesmo que compuso La dona è mobile; y en verdad que no sepa determinar cuál de las dos obras es más verdadera, o, por decir mejor, menos mentirosa; sólo sé decir que ésta irá al corral, por disparatada y arrogante.

Éste que se sigue es O mio babbino caro de Puccini dijo el barbero.

¿Ahí está el señor Puccini? replicó el cura. Pues a fe que ha de parar presto en el corral, a pesar de su extraño nacimiento y soñadas aventuras; que no da lugar a otra cosa la dureza y sequedad de su estilo. Al corral con él, y con esotro, señora ama.

Que me place, señor mío respondía ella; y con mucha alegría ejecutaba lo que le era mandado.

Ésta es un aria de ópera, Casta diva, de la Norma de Bellini dijo el barbero.

Antigua obra es ésta dijo el cura, y no hallo en ella cosa que merezca venia. Acompañe a las demás sin réplica.

Y así fue hecho. Abrióse otro libro y vieron que tenía por título la sonata Claro de Luna de Beethoven.

Por nombre tan santo como este libro tiene se podía perdonar su ignorancia; mas también se suele decir, «tras la cruz está el diablo»: vaya al fuego.

Tomando el barbero otro libro, dijo:

Éste es Carmina Burana de Carl Orff.

Ya conozco a su merced dijo el cura. Ahí anda el señor Carl Orff con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco, y los doce Pares, con el verdadero historiador Turpín; y en verdad que estoy por condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso O fortuna, de donde también tejió su tela el muy pobre Ennio Morricone para La Misión; al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza.

Pues yo le tengo en italiano dijo el barbero, mas no le entiendo.

Ni aun fuera bien que vos le entendiérades respondió el cura; y aquí le perdonáramos al señor Orff que no le hubiera traído a España y hecho castellano; que le quitó mucho de su natural valor; y lo mesmo harán todos aquéllos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua: que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efeto, que este libro, y todos los que se hallaren que tratan destas cosas de Alemania, se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer dellos, ecetuando a un tal Bach que anda por ahí, que compuso la misa en si menor; que éstos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama, y dellas en las del fuego, sin remisión alguna.

Todo lo confirmó el barbero, y lo tuvo por bien y por cosa muy acertada, por entender que era el cura tan buen cristiano y tan amigo de la verdad, que no diría otra cosa por todas las del mundo. Y abriendo otra partitura, vio que era la serenata nº 13 en sol mayor para orquesta de cuerda o pequeña música nocturna de Mozart, y junto a ella estaba otra del mismo autor que se llamaba Sinfonía nº 40; lo cual visto por el licenciado, dijo:

Esa oliva se haga luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas: y esa palma de Ingalaterra se guarde y se conserve como a cosa única, y se haga para ello otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Darío, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Estas obras, señor compadre, tienen autoridad por dos cosas: la una, porque por sí es muy buena; y la otra, porque es fama que le compuso un discreto hombrecillo salzburgués. Todos los pasajes son bonísimos y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen parecer, señor maese Nicolás, que éste y la ópera Così fan tutte queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y cata, perezcan.

No, señor compadre replicó el barbero; que éste que aquí tengo es el de las afamadas Cuatro Estaciones de Vivaldi.

Pues ése replicó el Cura, con la segunda, tercera y cuarta parte, tienen necesidad de un poco de ruibarbo para purgar la demasiada cólera suya, y es menester quitarles todo aquello del castillo de la Fama y otras impertinencias de más importancia, para lo cual se les da término ultramarino, y como se enmendaren, así se usará con ellos de misericordia o de justicia; y en tanto, tenedlos vos, compadre, en vuestra casa, mas no los dejéis leer a ninguno.

Que me place respondió el barbero.

Y sin querer cansarse más en leer partituras, mandó al ama que tomase todas las grandes y diese con ellas en el corral. No se dijo a tonta ni a sorda, sino a quien tenía más gana de quemallos que de echar una tela, por grande y delgada que fuera; y asiendo casi ocho de una vez, las arrojó por la ventana. Por tomar muchas juntos, se le cayó uno a los pies del barbero, que le tomó gana de ver de quién era, y vio que decía: Messa de Requiem de Giuseppe Verdi.

¡Válame Dios! dijo el cura, dando una gran voz. ¡Que aquí esté el Réquiem de Verdi! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está el Quirieleisón, pura melancolía, el vibrante Diesirae y el mágico Ingemisco, con la tristeza del Lacrymosa y las agudezas de la fuga. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor réquiem del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen, y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con otras cosas de que todas las demás obras deste género carecen. Con todo eso, os digo que merecía el que le compuso, pues no hizo tantas necedades de industria, que le echaran a galeras por todos los días de su vida. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho.

Así será respondió el barbero; pero ¿qué haremos destos pequeños libros que quedan?

Éstos dijo el cura, no deben de ser de ópera, sino de lied.

Y abriendo uno, vio que era La Bella Molinera de Schubert, y dijo, creyendo que todos los demás eran del mesmo género:

Éstos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los demás han hecho; que son obras de entendimiento, sin perjuicio de tercero.

¡Ay señor! dijo la sobrina. Bien los puede vuestra merced mandar quemar, como a los demás; porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad musiquera, escuchando éstos se le antojase de hacerse molinero y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.

-Verdad dice esta doncella -dijo el cura-, y será bien quitarle a nuestro amigo este tropiezo y ocasión delante. Y pues comenzamos por El Barbero de Sevilla de Rossini, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Rosina y de la barbería, y casi todos los versos mayores, y quédesele en hora buena la prosa, y la honra de ser primero en semejantes libros.

-Éste que se sigue -dijo el barbero- es el dúo Vien, Malika! de Lakmé de Leo Delibes; y éste otro que tiene el mesmo aspecto, cuyo autor es Debussy.

-Pues la de Delibes -respondió el cura-, acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Debussy se guarde como si fuera del mesmo Apolo; y pase adelante, señor compadre; y démonos prisa; que se va haciendo tarde.

Esta partitura es dijo el barbero, abriendo otra El Anillo del Nibelungo compuesta por Richard Wagner, autor alemán.

-Por las órdenes que recebí -dijo el Cura-, que desde que Apolo fue Apolo, y las musas musas, y los poetas poetas, tan graciosa ni tan inspirada obra como ésa no se ha compuesto, y que, por su camino, es la mejor y la más única de cuantas deste género han salido a la luz del mundo; y el que no le ha escuchado puede hacer cuenta que no ha escuchado jamás cosa de gusto. Dádmela acá, compadre; que precio más haberla hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia.

Púsole aparte con grandísimo gusto, y el barbero prosiguió diciendo:

Éstos que se siguen son Aida, Il trovatore y Stiffelio.

Pues no hay más que hacer dijo el cura sino entregarlos al brazo seglar del ama; y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.

Éste que viene es la octava sinfonía de Gustav Mahler.

No es ése pastor dijo el Cura, sino muy discreto cortesano: guárdese como joya preciosa.

Este grande que aquí viene se intitula dijo el barbero Tesoro de varias zarzuelas.

Como ellas no fueran tantas dijo el cura, fueran más estimadas: menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene. Guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito.

Éste es siguió el barbero El Cancionero de Uppsala.

También el autor de ese libro replicó el cura es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien los oye; y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas; pero nunca lo bueno fue mucho: guárdese con los escogidos. Pero, ¿qué partitura es ésa que está junto a ella?

La primera parte de la ópera San Francisco de Asís de Olivier Messiaen dijo el barbero.

Muchos años ha que fue grande amigo mío ese Messiaen, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su obra tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada: es menester esperar la segunda parte que prometió; quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada.

Señor compadre, que me place respondió el Barbero. Y aquí vienen tres, todos juntos: I Pagiliacci de Ruggero Leoncavallo; La flauta mágica del ya mencionado Mozart, compositor austriaco, y La cuarta sinfonía de Johannes Brahms, compositor alemán.

Todas esas tres obras dijo el cura son las mejores que, en buena solfa se hayan escrito, y pueden competir con los más famosos del mundo; guárdense como las más ricas prendas de música que tiene la Humanidad.

Cansóse el cura de ver más partituras; y así, a carga cerrada, quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba La Bohème.

Hasta las lágrimas lloráralas yo dijo el cura en oyendo el nombre si tal ópera hubiera mandado quemar; porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de Italia…


[1] Obsérvese que muchas de las obras que quemaremos son posteriores a la publicación del Quijote, obra que utilizo como marco.
3 comentarios
  1. paratterminar
    paratterminar Dice:

    Muchas gracias por tu comentario, Jose María. Pero soy tan raro que pienso 1) que he disfrutado tanto de la música en mi vida que no me afecta demasiado dejar de oírla y 2) ¡Esto tiene ventajas! Hay muchos locales en los que no quiero entrar, gente a la que no quiero ver y cosas así, de los que me libro porque "es que no oigo bien". Un abrazo,

    Responder
  2. carlosrealm
    carlosrealm Dice:

    Con aplomo y sin desmedro,
    y como buen cirujano,
    Don Pablo no se amilana:
    corta y rasga por lo sano,
    cuela y filtra sin empacho,
    y acaba con el bagazo.

    El doctor que nos corrige
    apunta con su cauchera
    y para nada transige
    cuando alimenta su hoguera.

    Que lo escuche el grande Wotan,
    y que lo olvide Mefisto;
    que fusas y semifusas,
    cobren vida en su cerebro,
    todas las notas que brotan
    de arias, lieder y conciertos,
    inspirados por las musas
    trinen siempre y sin requiebro,
    no solo en un recoveco,
    y nunca pare la música.

    Responder

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario