El presentador filólogo

Hay un presentador de una televisión privada que cada vez que le preguntan cualquier cosa (por ejemplo, la hora) contesta: “Son las siete y cuarto y yo soy filólogo”. [Hay por ahí una bióloga que opera de forma parecida, pero que yo sepa no presenta ningún programa en la actualidad]. Me llama la atención la actitud de este individuo y la de los que le rodean, sobre todo porque para su trabajo no hace falta ser licenciado en nada ni filólogo precisamente. Algunas de sus perlas de anoche: 1) confunde “oír” con “escuchar”, 2) confunde “brazos cruzados” con brazos en cruz”, 3) “No lo pueden bajar excesivamente” (refiriéndose a un helicóptero que ya no podía bajar más), 4) “compañeros dirección Madrid” para referirse a sus “compañeros de la dirección en Madrid”. Si el programa no hubira sido tan infinitamente aburrido, hubiera seguido pillándole cuatro barbaridades por minuto.

Otro presentador se ocupa de un concurso en el que se fantasea con un millón de euros prácticamente inalcanzable. En algunas de las preguntas, los concursantes disponen de un minuto para pensar la respuesta. El cronómetro inicia una cuenta atrás desde 60. Sin embargo, cuando llega a 10, el presentador anuncia a voz en grito (como todo lo que dice): “¡Comienza la cuenta atrás!”, que en ese momento lleva 50 segundos en marcha.

El panorama de los presentadores y tertulianos de televisión es desolador. Aunque la Fundéu (Fundación del Español Urgente, la vanguardia de la Real Academia) les bombardee a recomendaciones directamente extraídas de las barbaridades que ellos profieren, se revuelcan en sus errores porque no leen las recomendaciones de la Fundéu. Nadie exige a un presentador que hable correctamente: sólo que lo haga deprisa y que dé paso a la publicidad.

Esta pequeña reflexión, naturalmente, no afecta a algunos de los presentadores de programas y concursos culturales que, por formación, por experiencia o por ambas cosas se expresan con la corrección deseable.

Perdona que te corrija.

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